Francisco Garvín es un actor español radicado en Madrid con disponibilidad para viajar a cualquier lugar.

 

Nacido en la provincia de Córdoba a principios de los años 60 no vino con un pan debajo del brazo pero fue un niño muy afortunado, aún sin saberlo él mismo, pues tuvo unos padres que lo quisieron mucho (y aún lo quieren hoy día, a pesar de todo) y se crió en el entorno más rico en personajes, personalidades y relaciones de todo tipo: “un bar de pueblo” (pero muy en contacto con el mundo exterior).

 

Franco pasaba por medio del pueblo cuando iba de viaje a Andalucía, también las turistas extranjeras ligeras de ropa (debido al cálido verano cordobés de entonces) e incluso la vuelta ciclista.

 

Allí estaban el alcalde, el cura, el maestro, el ladrón de gallinas, el sargento de la guardia civil, el terrateniente y el obrero. Todos concurrían, en un desfile interminable, a tomar el anís,  la cerveza, el café, el cubata; a arreglar el país, o a destrozarlo.

La riqueza de roles, emociones y circunstancias, de alegrías y penas se palpaba tanto dentro como fuera de casa.

 

Ya era testigo, siendo solo un niño, de la violencia de género, cuando venía la señora del borrachín de turno y le daba dos bofetadas delante de todo el mundo antes de llevárselo de vuelta a casa.

 

Con 7 años era elegido por las monjas  Esclavas del Sagrado Corazón (que tuvieron que hacer casting en el colegio estatal,  ya que el suyo era solo femenino) para representar una obra de teatro de las misiones en Africa. Pintado de negrito intentó hacerse oir ante un auditorio de 400 exaltadas personas. Al final, no hubo mas remedio que utilizar un megáfono.

 

Los tiempos fueron benévolos con él, con cómicos y humoristas que despertaron su interés por la comedia, a veces como respiro a tanto drama.

El teatro tuvo la suerte de vivirlo, a pesar de la distancia, con los “Estudio 1” de TVE y también, a través de la pequeña pantalla, podía  asistir a shows de humoristas como Gila, Tip y Coll, Pepe da Rosa y tantos otros, cada  uno con un estilo diferente y muy definido.

 

La mayor riqueza de mundos lejanos venía con las películas y series americanas. Marlon Brando, Elizabeth Taylor, James Dean, Rock Hudson, Audrey Hepburn, Charles Chaplin, Laurel & Hardy, Cary Grant, Robert de Niro, etc, etc, se sucedían un día tras otro en series y películas que nunca se perdía, pues desarrolló la rara habilidad (pues dicen que los hombres no pueden hacer dos cosas al mismo tiempo) de poder estudiar viendo la tele.

 

La radio no dejaba de sonar en aquel universo tan movido, con las atrapantes radionovelas de Guillermo Gautier Casaseca y voces como Luís del Olmo, Matías Prats (también cordobés) que agudizaron su oído, a los que se sumó toda una generación de vocalistas y cantautores de una de las épocas más ricas de la música española.

 

El deporte también estaba presente en su vida y en su mente, con una afición, pionera en su entorno, por el ciclismo, que le permitió compensar las largas horas de asiento que requiere el estudio.

 

Con el paso del tiempo y la imposibilidad manifiesta de poder seguir siendo un adolescente, tuvo que plantearse qué hacer en el futuro.

Saturado de conflictos, emociones, un mundo que se le iba quedando pequeño y su atracción por la música, el sonido y todo lo que lo rodea, decidió ser un hombre de provecho y estudiar una ingeniería, que la realizó en Sevilla.

Un año en un colegio mayor del Opus, otro en una residencia de estudiantes con gente procedente de muy diferentes lugares, incluso americanos; pisos compartidos, charlas, coloquios, fiestas universitarias…

No fueron tiempos fáciles pues a las largas horas de clase y estudio se sumaba el tener que trabajar en verano para poder sufragar el curso siguiente.

 

Y llegó el inevitable servicio militar. Entró en la escuela de suboficiales de la Armada haciendo lo que antiguamente se llamaba Milicia Universitaria. Con su graduación de sargento y su traje de Suboficial y Caballero pidió destino en Madrid; echó amarras en el Cuartel General de la Armada, en un destino muy comunicado con el mundo exterior.

 

Ya bien pasado el tiempo obligatorio de servicio militar dejó la Marina para entrar en una empresa (con matriz alemana) de telecomunicaciones, proveedora de las fuerzas armadas y cuerpos del estado.

Aquí pudo manejarse en el ambiente laboral de la calle en todas sus facetas, estando a cargo de un departamento en el área de control de calidad.

 

Viviendo en la capital y buscando y buscando, pudo entrar en  contacto con personas que fuera de ella apenas podía encontrar: aficionados a las actividades artísticas, sobretodo al teatro, que le permitió un primer contacto amateur con algo que anhelaba.

 

Una crisis de aquellos tiempos (que hoy día no es algo sorprendente) le permitió seguir la enseñanza de uno de sus ídolos, Woody Allen: Coger el dinero y correr.

Ahora, con tiempo y un poquito de dinero, era más fácil prepararse (y había que hacerlo bien) para un mundo muy indefinido, incierto y cuya formación es un pozo sin fondo: el arte dramático.

Tuvo la suerte de encontrar un lugar serio y exigente en la preparación, la original Escuela de Juan Carlos Corazza, que le permitió ejercitarse en técnicas muy adecuadas para el trabajo en audiovisual. Lo completó con clases de otros eminentes profesores en voz, canto y danza.

 

La preparación avanzaba, los montajes como aficionado también. Se prodigaban los talleres, cursos; un día a día que no dejaba tiempo para el respiro.

 

Hasta que llegó el auténtico estreno como profesional, en comedia, con José Luis Moreno en La1 de TVE.

Empezaba así un camino que debía enriquecer poco a poco, donde las circunstancias propiciaron que fuera diverso y complementario.

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